sábado, 16 de junio de 2018

Todas las noches

Cuando eres la protagonista, cuando escribes para desahogarte, cuando escribes con el corazón...

"Recuerdo subir las altas escaleras con mis pequeñas piernas hacia mi cuarto.
Antes de traspasar la puerta que tenía enfrente, tenía otra a un lado que no sabía muy bien a que conducía. Me acababa de mudar y aún no me había hecho el recorrido de toda la casa.
Aquella puerta me llamó la atención, la abrí, pero no pasé a través de ella. Era un trastero, lo supuse por el suelo de piedra, la oscuridad y lo siniestro de la estancia. Nunca se decora un trastero, ahí es donde acumulamos parte de nuestros sueños rotos y no queremos que nadie vea eso, nuestra cabeza, todo desorden.
Me quedé sentada en las escaleras, con la puerta abierta, con las palpitaciones de mi corazón a mil por hora. Al fondo de la estancia había un armario de madera antiguo y a su lado una puerta que daba a un rincón aún más oscuro y siniestro.
Tragué saliva, yo tenía que dormir al lado de esa estancia, sin saber ni atreverme a conocer que había allí dentro.
Mi madre, que pasó por mi lado a dejar unas cosas en mi nuevo cuarto, no me dijo nada sobre aquel lugar. Ignoró mi inquietud, pensando que estaba en mi propio mundo de fantasía, sin tan siquiera imaginar que acababa de descubrir el significado de la palabra “terror”.

Volví a mis ocupaciones de niña, hasta que al llegar la noche tuve que enfrentarme a pasar de nuevo por ahí. Abrí la puerta de un golpe y comprobé que era aún más aterrador que de día. La oscuridad se cernía sobre el lugar, llamando a gritos a los fantasmas de la noche. Sin duda, pensé, que aquel sitio era el refugió de algún ser inquietante que venía a por mi.
Alguna vez mande a mi gato dentro del trastero, pero obviamente no me trajo noticias de ningún tipo. Lo único que me sorprendió es que volvió pronto a mis brazos, siendo los gatos los animales más curiosos.

El tiempo pasó, las noches continuaron su ciclo y yo dormía tranquila porque tras pasar mi cuarto se encontraba la habitación de mis padres. Me sentía segura porque si algo me atacaba, yo podría correr para refugiarme en los brazos de mi familia. Eso si, tardaba en conciliar el sueño. Tenía los ojos abiertos en la oscuridad, alerta, temiéndome que si me debilitaba yendo a los sueños, ya no tendría escapatoria, no podría huir a tiempo, me sacaría de la cama y me arrastraría al armario que había dentro del trastero.

Ese trastero consiguió de verdad quitarme parte de mi vida, ya que me marché de aquella casa acompañada unicamente de mi madre y con un destino incierto. Mis padres se acababan de separar y yo solo recuerdo ese trastero y mis cosas y mis sueños abandonados en un cuarto que era mi fortaleza. Incluso mi único compañero, que era mi gato, quedó a merced de ese siniestro lugar.

Aún no entiendo que significa ser mayor.
Solo dicen que ser mayor significa ser valiente y no tener miedos para enfrentarte a lo que realmente es la vida.
Pero cuando yo fui más adulta, no desapareció nada de eso.
Me mude yo sola a una habitación. El portal era antiguo con paredes de piedra y unas escaleras que no estaban en muy buen estado. Aún así la casa era grande y mi cuarto bastante coqueto. Mis compañeras de piso eran mujeres que iban de aquí para allá, pero que dormían en la casa. Me sentí segura hasta que una noche me quedé sola.
Apagué la luz para dormir y tuve que volver a encenderla a los tres segundos. En esos pocos instantes de oscuridad, noté una especie de presencia en la casa. Posiblemente era algo psicológico, algo que estaba en mi imaginación y nada más, pero ni con la luz encendida esa sensación se escapaba de mi. Tenía hasta miedo de pasear por la casa y encontrarme algo que no quisiera. Me aguante las ganas de hacer pis, temerosa de que en medio del pasillo algo me atrapara. La angustia me abrazaba y me confundía y no sabía que me tranquilizaría más, si una puerta cerrada o una abierta. Si la cerraba, tenía la certeza de que escuchaba detrás de ella pasos o ruidos extraños y si la abría entonces aquel fantasma tendría más facilidad para atacarme.
Me movía intranquila en la cama y al día siguiente me levantaba con ojeras y con el cuerpo destrozado.
Yo ya sabía que tenía miedo a la oscuridad, pero no conocía el grado de terror que me producía estar en la cama incluso con la luz encendida. Era pánico a la noche, al silencio y a las leyendas en torno a la luna y sus monstruos. Con alguien en casa sentía más tranquilidad y entonces si lograba descansar.

Cuando me mudé con una pareja, sentí cierto alivio. Ya no dormiría sola, si no abrazada y segura. Pero, que error. Él tenía a veces turno de noche y yo recuerdo estar en el salón, con la tele encendida, luchando contra los monstruos. Ya no me servía dormir con la luz encendida, pues sentía como si alguien me fuera a soplar en el oído o a arañar la espalda. Era un miedo hacia algo que no existía, pero que inconscientemente cuando cerraba los ojos podía sentir ese soplido y esas uñas clavándose en mi. Abría los ojos y miraba a mi alrededor, paseaba por la casa, abriendo puertas y armarios y asegurándome que nadie rondaba en mi casa a las cuatro de la mañana.
Volví a la cama y entonces frutó del cansancio noté mis piernas agarrotearse y a mi cuerpo obligándome a dormir, pero yo luchaba con todas mis fuerzas hasta que escuchaba decir a mi pareja que “ya había llegado”.

Supe en ese momento que debía acudir a un especialista, puesto que mi cuerpo comenzaba a mostrar signos de cansancio extremo, además tenía miedo de volver a experimentar como mi cuerpo se bloqueaba y como mi corazón se me desbocaba del pecho.

Ahora, a veces duermo con una lamparita, otras no…
Alguna vez abrí los ojos en medio de la noche y vi un gigante perro de ojos rojos que me miraba queriendo devorarme, encendí la luz y pensé que todo era fruto de mi gran imaginación. A veces oigo cosas y digo… “es la casa”…

También sé que jamás podré dormir sola en un hotel o en una casa desconocida yo sola… Porque tengo miedo, mucho miedo, terror…

Y todas las noches… yo tendré miedo." 

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